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Adviento

El Adviento es el primero de los tiempos fuertes del Año Litúrgico. Con el Adviento empieza el año espiritual de la Iglesia. Pero históricamente fue el último en formarse en la liturgia. Durante siglos todo el interés estaba centrado en la Pascua, la muerte y resurrección del Señor Jesús.


En torno a esa celebración se fue estructurando la liturgia y la espiritualidad cristiana, y se fueron organizando los tiempos de Pascua y la Cuaresma. Sólo siglos después la atención de los creyentes fue destacando el misterio de la Navidad, y finalmente el tiempo de la espera del Señor, el Adviento, como preparación a la Navidad.


Desde la reforma litúrgica del Concilio Vaticano II, cuyo cincuentenario hemos estado celebrando (pues fue inaugurado en 1963), el Adviento abarca cuatro Domingos antes de la Navidad.


Se organizó con dos “acentos” o insistencias: Al inicio del Adviento el acento se pone en la espera y preparación de la segunda venida de Cristo al final de los tiempos. Las últimas semanas son de inmediata preparación y alegría creciente por el nacimiento ya próximo de Jesús, el Emmanuel, “Dios - con - nosotros”.


Importante es mantener el equilibrio de las dos esperas. En las primeras comunidades el interés único estaba en la segunda venida del Señor. La creían inminente; la esperaban con ansiosa alegría; les producía gran esperanza y también algunos problemas prácticos. Así se ve con claridad en las cartas de San Pablo ( 1 Tes 4,15ssi 2 Tes 2, 1-8) y en los otros escritos del Nuevo Testamento. La Segunda Venida o “Parusía” es uno de los grandes misterios de nuestra salvación. Así quedó plasmado en el Credo. Con la Segunda venida la salvación será plena y el Reino en todos (1 Cor 15,22-28).


Para muchos de nosotros hoy esta segunda venida de Jesús apenas es pensada y no tiene casi importancia. En algunos, incluso peor, ha perdido su aspecto positivo, de plenitud y esperanza, y se ha vuelto cuestión temerosa como si fuera algo amenazante.


En los ambientes católicos de hoy toda la expectativa del Adviento va hacia la primera venida del Señor, la que ya se realizó en la humildad de la carne.

Y si no estamos atentos, vamos a perder incluso la referencia a Jesús, pues hoy casi todos hablan sólo de “Las Fiestas”!





Siguiendo la pedagogía del Adviento, podremos ir logrando un sano y fresco equilibrio espiritual para disponernos a las dos venidas del Señor.


A lo largo del Adviento tres maestros de la espera del Señor nos aleccionan: Isaías, el gran profeta que señaló mejor que todos, los signos de la venida del Señor, la nueva realidad de paz, armonía y gozo que el Mesías traería. Juan Bautista, “el más grande de los nacidos de mujer”, el encargado de preparar los caminos del Señor y de tenerle un pueblo bien dispuesto, que sigue realizando su misión con nosotros.


La más grande y la mejor de los maestros del Adviento es María Virgen, la Madre del Señor. Nadie como Ella ha vivido a la espera del Señor.

Nadie como ella ha recibido la Palabra. Dijo San Agustín: “María acogió primero la Palabra por la fe en su corazón y luego mereció engendrarla en sus entrañas”.


Por eso dicen los espirituales que el Adviento y la Navidad son los principales tiempos marianos. Es cuando la humilde aparece en todo su esplendor, cuando la Virgen que no conoce varón, se hace Madre, cuando la adolescente de Nazaret – “¿podrá salir de allí algo bueno?” –entrega al mundo el Salvador.

Las fiestas de la Inmaculada el 8 de diciembre y de la Guadalupe el 12, refuerzan lo mariano de este tiempo litúrgico.

Aprendemos el espíritu propio del Adviento ( y de todos los otros tiempos litúrgicos) en la “escuela” de la Palabra de Dios que se lee cada día en ese tiempo y fijándonos en las oraciones y prefacios propios del tiempo.


Además, podemos buscar dentro de nosotros y hacernos consientes de todo lo que esperamos, y al final, de a Quién esperamos, pues el corazón humano no se realiza ni se llena con cosas o experiencias por buenas o útiles que sean, sino solamente con una relación personal que plenifica en el amor. “Nos hiciste Señor paramti, y nuestro corazón estará inquieto hasta que descanse en Ti” dijo el gran místico Agustín. Y el salmista: “Desgarra los cielos, Oh Dios y desciende!... muéstranos tu rostro!”.


El Adviento nos lleva a vivir en la espera ansiosa, gozosa del Señor Jesús, que ya vino la primera vez en la humildad de su carne; que viene a cada instante, “en cada persona y en cada acontecimiento”, y que vendrá al final de los tiempo en la majestad de su gloria.


El Adviento también quiere recoger la larga espera de tantos siglos, la amplia espera de todas las culturas… pues desde que el hombre es hombre busca a Dios y en toda cultura apareció la religión con la ilusión de conocer a Dios y de unirse con él. Israel recibió la gracia, como pueblo escogido, de que Dios se fuera revelando, dejándose conocer por ellos, a través de la Palabra y de los hechos de salvación en su historia, y fueron sabiendo cómo unirse de verdad a Dios: por la fe, la fidelidad a sus mandatos, la vida recta según la Alianza. Pero sólo en Jesús, el Hijo del Padre hecho hombre, el hijo de María Virgen, hemos conocido al Dios verdadero: el es “Dios-connosotros”, y quien lo ve, ve al Padre (Jn 14,9). En Jesús, Dios entró en la más plena comunión con nosotros haciéndose hombre y uniendo su vida con la nuestra (Jn 1, 14; 15,5). En Jesús, pues, y sólo en él todas las esperanzas de la humanidad han quedado saciadas. El Adviento tiene sentido. Jesús es la respuesta a nuestras esperas más profundas.



Tomado de:

El Redentor, edición No 16 Diciembre 2013


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