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La alegría del “Corpus”

En 1246 se celebró por primera vez la fiesta del Corpus Christi. Fue en la Diócesis de Lieja, en Bélgica. Para el año 1264 el Papa Urbano IV extendía esta fiesta eucarística para toda la Iglesia. Tardó unos 50 años en irse difundiendo, cada vez con mayor rapidez y amplitud. En 1314 era una celebración ya universal.


Recibimos del Señor Jesús la enseñanza sobre este sacramento, el “verdadero pan bajado del cielo” y sus frutos de vida eterna y resurrección, en el “sermón del pan de vida” que el Evangelio de San Juan presenta en el capítulo 6. El mismo Señor preparó con signos este Sacramento de comunión y caridad con los hermanos, en la multiplicación de los panes.

Es el único milagro contado por los 4 evangelistas: Mt 14, 13-21; Mc 6,31-44; Lc 9, 10-17 y Jn 6, 1-13. Eso destaca la importancia del signo desde las tradiciones cristianas más antiguas.


Ya en el Antiguo Testamento se había simbolizado y anunciado este Sacramento del Cuerpo y la Sangre del Señor en varias figuras. La cena Pascual en Egipto con el Cordero, centro de esa comida, y la sangre untada en las puertas fue seguro de salvación (Ex. 12, 1-14).

El maná y las codornices en el desierto son otras figuras que anticipan la comida eucarística, alimento para no desfallecer en nuestro camino hacia el Reino (Ex 16, 1-16). En el mismo sentido el pan y el agua con que Elías alcanzó fuerza para llegar hasta el monte del Señor ( 1 Re 19, 1-8).




Toda esa enseñanza hizo más comprensible y valiosa para la Iglesia la cena de Jesús con sus discípulos antes de padecer. La santa Palabra de Dios llenó de fe a la Iglesia naciente, y guiada por el Espíritu Santo hizo de esta celebración el centro de su vida, “la fuente y el culmen” de su ser, como manifiesta el Concilio Vaticano II (S. C. 10).

En aquella noche santa, “puesto la mesa con los apóstoles les dijo: con ansia he deseado comer esta Pascua con ustedes... tomó luego pan, y, dando las gracias lo partió y se lo dio diciendo: Este es mi cuerpo que es entregado por ustedes, hagan esto en recuerdo mío. De igual modo, después de cenar, la copa, diciendo: Esta copa es la Nueva Alianza en mi sangre, que es derramada por ustedes.” (Lc 22, 14-15. 19-20).


Desde entonces, las comunidades cristianas dispersas por el mundo celebraron la Eucaristía cada domingo. En la celebración se apartaban trozos del pan consagrado para llevarlo a los enfermos de la Comunidad.

Más adelante se buscó un lugar en las antiguas “sacristías” para guardar ese pan y ocuparlo como viático para los moribundos. El culto a la Eucaristía fuera de la Misa fue desarrollándose lentamente en la Iglesia.


En torno al viático (bastimento o comida que se lleva en un viaje) se fue desarrollando el culto a la Eucaristía en la Iglesia.

Cada vez se fue llevando con más solemnidad a los moribundos. A medida que la sociedad entera se hacía cristiana, y favorecido por el tipo de trabajo de entonces, en el hogar, en el campo, en oficios independientes, llevar el viático se fue convirtiendo en una pequeña procesión. En tiempos no tan lejanos incluía el incienzo, el sacerdote con ornamentos y capa, bajo palio y los fieles con candelas y en oración.

En el lugar donde se guardaba el pan consagrado también se empezaron a reunir fieles para adoración. Súplica y alabanza. Durante mil años la misma celebración de la Eucaristía fue el lugar y el ambiente de adoración. En el segundo milenio de nuestra história fue creciendo el culto a la Eucaristía fuera de la Misa.


Ahora con razón celebramos a Cristo en ese sacramento con esta hermosa fiesta del “Cuerpo y la Sangre del Señor”. Lo hacemos primero celebrando la Eucaristía, y en ese día, con especial solemnidad. Eso quiere decir con especial conciencia, especial participación, especial espíritu. Y luego, como prolongación de la celebración, hacemos la Procesión. Siempre las procesiones son un signo del caminar del Pueblo de Dios. Vamos atrás de Cristo que como maestro y guía va delante. Somos sus discípulos. Vamos juntos, revueltos, hermanos sin diferencias. Vamos alegres, cantando y aunque cansados, continuamos sosteniéndonos unos a otros. Sobre todo en esta procesión del Corpus ese signo es auténtico, pues es el mismo Señor Jesús quien camina en nuestras calles.


La procesión del Corpus quiere ser una manifestación pública y masiva de la fe de la comunidad en la presencia de Jesús en el pan consagrado y del amor de esa comunidad a su Señor. Los textos bíblicos y los cantos alusivos a la Eucaristía, los altares y los adornos en las calles, el fervor y la piedad de los fieles ayudan a que la procesión dé abundantes frutos espirituales en propios y extraños.


Pero esta fiesta tan hermosa, tiene necesidad de ser preparada con las actitudes convenientes.


Entre nosotros, por ejemplo, la unidad de las fuerzas vivas de la Parroquia (Comunidades cristianas, Encuentros Conyugales, Juventud Cristo Redentor y Nueva Alianza) ¿Cómo caminar juntos si antes no nos conocemos y queremos? ¿Cómo venerar “un solo pan y un solo cáliz” si estamos lejos de ser “uno” nosotros? ¿Cómo celebrar este Sacramento de unidad si estamos divididos?

Preparación necesaria es la caridad entre los hermanos. Este Sacramento es el fruto del “amor extremo” del Señor y en esa noche nos mandó “amarnos unos a otros como yo les he amado” y ejemplo nos dio lavando los pies a los discípulos, para que nosotros hiciéramos lo mismo. ¿Cómo celebrar este Sacramento de amor si no me importa mi hermano? ¿Cómo alimentarme con este pan y no compartir mi pan con el hambriento? ¿Cómo alabar al Señor en esta fiesta y no obedecerlos en su mandato de servicio humilde al otro?


Nos acercamos, pues, a este sacramento admirable, donde está todo el bien de la Iglesia, con fe y alegría.

Nos sentamos a la mesa fraterna de la Eucaristía sabiéndonos indignos, pero habiendo sido invitados por el dueño de casa. Nos disponemos a caminar con el Señor por nuestras calles con el deseo sincero de que Jesús y su amor estén en la vida de todos y los alegre.


Nos preparamos a celebrar el Corpus en la Parroquia con el corazón agradecido y en algo transformados por el tiempo de Pascua y la fiesta de Pentecostés que hemos celebrado.



Tomado de:

El Redentor, edición No 22 JUNIO 2014

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