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EL NIÑO OSCAR

Hace 102 años nació Oscar Arnulfo. Era el 15 de agosto de 1917. Sucedió en Ciudad Barrios, en las montañas al norte de San Miguel, cercano ya a Honduras.



Era un pueblo pequeño, de unos mil habitantes, de clima fresco y de gente pobre, católica, mestiza. La plaza, y en torno, la Parroquia, la alcaldía y las casas principales. Una de esas casas era de la familia de Monseñor, los Romero Galdámez. Cerca de la casa, una pequeña finca: un cafetalito, árboles frutales y vacas. Con eso se ayudaban para la comida de la familia. Eran 8 hermanos, 6 varones y 2 niñas, su mamá Guadalupe de Jesús y su papá Santos. Oscar era el tercero de los hijos.


Apenas tenía 4 años y se enfermó de polio. Pasó postrado 7 meses. Su Mamá atribuía la curación a un milagro que ella pedía en sus oraciones. El niño quedó marcado en su cuerpo, siempre débil, sin aptitudes para el deporte. También en su espíritu, volcado hacia el interior, más bien callado y reflexivo.


El lugar y el ambiente en que fue creciendo era sencillo. Calles de tierra, casa sin electricidad, una sola escuela en el pueblo, que solo impartía hasta 3er grado de primaria, un templo sin sacerdote permanente, la necesidad de trabajar desde pequeño para ayudar en la casa… con su hermana Zaida iba todas las mañanas temprano a ordeñar la vaca; a su papá, telegrafista del pueblo le ayudaba repartiendo los telegramas en las casas más lejanas; pronto estuvo de aprendiz de carpintero.


Fue creciendo también en su vida cristiana. Su familia era devota y todas las tardes rezaban juntos el rosario, dirigidos por su Mamá. Su Papá también era fervoroso. Oscar, ya joven seminarista, recuerda… “mi entendimiento de niño va grabando el padre nuestro, el avemaría, el credo, la salve, los mandamientos que sus labios de padre me van enseñando…”. La gente mayor recordaba que ese niño acostumbraba ir a la iglesia a rezar cuando regresaba de clases. Y su hermano Mamerto, con quien compartía cama, cuenta que de noche el niño Oscar se levantaba a rezar. Otros de sus hermanos decían que se excedía en sus prácticas religiosas, como cuando jugaba de procesiones de Semana Santa y todos debían participar!


En su ambiente familiar fue desarrollando cualidades y aficiones que lo acompañarán toda su vida.


Siempre estuvo apegado a sus hermanos y recordando la casa paterna. Mantuvo una vida austera, simple, sin sofisticaciones. El gusto por los micrófonos, grabadoras y la comunicación social, que heredó del oficio de su papá. La oración personal y diaria, y un cuidado por los pequeños servicios y atenciones para los demás que aprendió de su Mamá. La afición por la lectura, “en casa había una biblioteca al menos de cien libros, mayor incluso que la del párroco” recordaba. Su papá dedicaba buena parte de su descanso a leer. Igualmente con la música, que gustó en su casa. Aprendió a tocar flauta y a leer y escribir solfa siendo niño, gracias a la afición de su papá.


Todo esto le sirvió al futuro pastor para su ministerio. Celebramos este mes, el 15, el cumpleaños de Monseñor Romero. Agradecemos al Señor la vida de su siervo bueno y humilde y el hogar donde se formó la personalidad y la fe del futuro santo. Así influye la familia en todos. Así Dios aprovecha las vivencias de cada uno, pues “todo sirve para el bien de los que Dios ama”.

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